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La infancia a la sombra de una sentencia

Opinión Penal

Mujeres en prisión.- En México existen un total de 446 establecimientos penitenciarios de todo tipo, desde reclusorios preventivos de las grandes ciudades y los centros federales de alta seguridad, hasta las cárceles de la comunidades más pequeñas y remotas, que en conjunto albergan, hasta el mes de mayo de 2001, una población en números redondos de 161 mil internos, de los cuales cerca de 7 mil son mujeres. Es decir solo el 4 % son mujeres, motivo por el cual en los reclusorios existe una pequeña sección que alberga población femenina pues, con excepción de unos cuantos centros, en México no existen instituciones penitenciarias exclusivamente para mujeres, lo que constituye una primera fuente de desventaja para la mujer.[1]

En México, podemos ver la posición del Estado, en la Ley Nacional de Ejecución Penal, que en su artículo 36, que entre otras cosas dice: Las mujeres privadas de la libertad con hijas o hijos, además de los derechos humanos reconocidos tendrán derecho a lo siguiente: I. Convivir con su hija o hijo en el Centro Penitenciario hasta que cumpla los tres años de edad. Para otorgar la autorización para que la niña o el niño permanezcan con su madre, la Autoridad Penitenciaria velará en todo momento por el cumplimiento del interés superior de la niñez. LEY NACIONAL DE EJECUCIÓN PENAL CÁMARA DE DIPUTADOS DEL H. CONGRESO DE LA UNIÓN. En realidad la mayoría permanece con ellas hasta los cinco años.

 Sin profundizar en la razón de esa concesión con la madre en prisión y no con los padres en la misma situación de cárcel, que además también podrían ser padres solteros. También puede existir una familia ampliada que podría tomar el cargo, o si existe el padre que pudieran brindar mejores condiciones a ese bebé? Son muchas las preguntas que no tienen una respuesta concreta que satisfaga a los diferentes puntos de vista de la Sociedad Mexicana, puesto que existen dos posiciones muy marcadas una de ellas se refiere a los derechos de la madre, aunque en realidad cuando en menor crezca de cualquier manera existirá esa separación, y en la mayoría de los casos existen hermanos de ese menor nacido en la cárcel, que  también quieren vivir aunque sea encarcelados con la madre, como sea la separación de los hijos es inevitable. Tal vez en México se ha magnificado a un grado superlativo la imagen materna; y por ello se le permite decidir la permanencia, pero veamos cómo es que han resuelto dicha situación otros países.

Las Reglas Mínimas para el Tratamiento de Reclusos, de 1955, disponen que cuando se permita a las madres reclusas conservar a su niño, deberá haber una guardería infantil con personal cualificado para ocuparse de las y los niños mientras no estén atendidos por sus madres (Regla 23). No existe, sin embargo, una normativa internacional.

En algunos países, por ejemplo en China, la regla es que si una mujer está embarazada o tiene un bebé de menos de 12 meses, no podrá cumplir su condena en la cárcel hasta que el bebé haya alcanzado dicha edad, tras lo cual la madre deberá ingresar a la prisión sin él. En el otro extremo se encuentran los niños que pueden permanecer junto con sus madres hasta los tres años de edad, por ejemplo en Ruanda y Hong Kong, u otros países en los que, a menudo de manera informal, se les permite quedarse hasta una edad mayor, los seis años, por ejemplo en Zaire. Entre ambos extremos existen situaciones en las cuales los niños nacidos en la cárcel son separados de sus madres en un plazo de 24 a 72 horas (como en algunos estados de la Unión Americana) o en las cuales, tanto si han nacido dentro como fuera de la prisión, pueden permanecer junto con sus madres hasta que cumplan un año, como en Escocia; 18 meses, en Francia, Inglaterra, Gales o Uganda; o bien hasta los dos años, siendo probablemente esta la regla más común, como se observa en Nepal, Sudán y Namibia, entre otros (UNICEF 1998).

Es importante señalar  que,  tanto en la Ciudad de México, como en el resto del país, los criterios conforme a los se permite o se impide que los hijos e hijas de las internas permanezcan en la institución no se hallan establecidos en los reglamentos de las prisiones, lo cual hace que exista un amplio margen de discrecionalidad por parte de los funcionarios encargados de administrarlas. En la mayoría de los casos, los niños/as se quedan bajo el cuidado de las abuelas o de otros familiares; y sólo cuando ello no es posible, la interna prefiere tenerlos con ella antes que enviarlos a una institución donde no siempre reciben un buen trato.

Quienes censuran la vida de los menores con su madre dentro de la cárcel arguyen que el medio es demasiado brutal y que esto afecta el desarrollo y constitución de los pequeños. Se afirma que la violencia del cautiverio se manifiesta en varios niveles. El primero se refiere a la manera de expresarse entre las internas. En efecto, el modo de hablarse entre internas se nutre de un vocabulario obsceno, acotado a la significación “canera” o gente de mal vivir; además, conforme es mayor el tiempo que las presas conviven encerradas, la comunicación va perdiendo sentido. En realidad, muchas veces la voz aparece como el medio para golpear al otro a través del insulto o el grito.

Otro medio en el que se manifiesta la violencia es el visual. La interacción de una “institución total” obliga a que las y los internos se exhiban. Estudiosos de los campos de concentración, hospitales y prisiones hablan de esta exposición contaminadora. En la penitenciaría de mujeres no se logra evitar que las niñas y los niños       se percaten de la gran cantidad de prácticas informales que llevan a cabo las presas.[2]

En el encierro, la privacidad se pierde, la línea que delimita lo privado (incluso lo íntimo) de lo público se desvanece, confrontando de manera obligada la interacción social entre los sujetos. Este hecho es reconocido por las propias madres, quienes desesperadamente intentan ocultar al niño(a) el campo visual de las compañeras adictas u homo- sexuales.[3]

Asimismo, las madres enfrentan el problema de no tener con quién encargar a sus hijos cuando ellas tienen relaciones íntimas con sus parejas. En efecto, la institución autoriza la visita íntima a todas aquellas internas que cumplen con la normatividad señalada y que, sobre todo, se limite a una moral del “buen comportamiento” (entendida en el marco de las relaciones de tipo heterosexual, legal, etcétera). En estos casos, generalmente las madres no tienen con quién encargar a sus hijos o hijas, por lo que terminan por llevárselos al lugar del encuentro erótico-sexual, aunque la Ley de Ejecución penal lo prohíbe.

Sin embargo, lo que no se dice es que la Institución saca a su vez provecho de la ligadura emocional de tipo angustiante que se establece entre la madre con su hijo(a), dado que la obediencia se logra a través de la amenaza constante de quitarle a su niño(a). Muchas veces, este sometimiento se consigue con la complicidad de alguno de los integrantes de la familia o aprovechándose de ciertas políticas moralizantes de instituciones como el DIF, los albergues dirigidos por religiosas, etcétera.[4]

La madre, como cualquier otra prisionera, puede perder determinados privilegios, como son el de contar con la visita íntima, la visita familiar, el pase de cierta comida u objetos; pero una madre que decide pagar parte de su condena al lado de su pequeño(a), es más propensa a ser intervenida por las autoridades, o sea, a ser asediada por educadoras, trabajadoras sociales, criminólogos, médicos, custodias y funcionarios para decirle cómo educar a su hijo(a) o, en su defecto, reprenderla ante cualquier situación que estos consideren rara, anómala o simplemente que les genere malestar o angustia.

Los datos que tiene la Secretaría de Gobernación nos dejan ver un perfil de estas madres en situación de cárcel y arrojan que en promedio tienen menos de 27 años de edad. El rango que obtuvo un mayor porcentaje es de 23 a 27 años (32.2 por ciento), es decir, en su mayoría son jóvenes con hijas e hijos pequeños. En promedio, se permite la estancia de los menores hasta los tres años de edad. En su mayoría estaban en unión libre 55%, -estaban porque terminan olvidadas y despersonalizadas-, con respecto a su ocupación el mayor porcentaje son eran amas de casa 28% o con otra actividad informal 27%, el 48% con estudios de primaria pudiendo ser inconclusa, el delito más frecuente son delitos contra la salud en un 51.7% y después robo calificado, el 84% ya están sentenciadas y 16% en proceso,  la sentencia más recurrente es de 8 a 11 años con un 42%, y después de 4 a 7 años con un 36%, antes de ingresar la mayoría vivía en una familia nuclear en un 37.6%, y los datos reportan que regresan a la misma cuando salen,  también indican que la actividad del esposo era de desempleo al momento que ingresan en un 34.5%, La mayoría de las visitas son de la familia extensa, la mayoría tiene tres hijos, como trabajo se dedican a las artesanías y al lavado y planchado, reciben apoyo del exterior y las visitan una o dos veces a la semana normalmente por su madre y familiares.[5]

 El tema es amplio pero lo que sí es importante, es que el Estado debiera tener una postura firme y uniforme respecto a esta situación, porque lejos de importar la situación de la madre que puede ser inocente o no. Lo importante en realidad es lo que el menor vive en esos centros, y aunque cada caso es diferente, la política debiera ser la misma para los niños, y solo ponderar la situación de los menores. Es verdad que la madre es una figura importante, pero existe el padre y la familia ampliada, y como última ratio estará el Estado, quien tiene la obligación de velar a toda costa por el bienestar físico, y psicológico de esos menores, que a su corta edad se les ha privado de su libertad.

En México todos nacemos libres y esa libertad esta garantizada en la Constitución Federal, en ninguna parte habla de excepciones, y si bien es cierto, que los padres son los tutores, en el caso de encarcelamiento y al no haber quien se haga cargo, pues ahí si entraria el Estado. Por qué un menor tiene que vivir situación de cárcel, solo porque la madre decide que permanezca con ella en un lugar en donde los mismos internos describen como la biopsia de una sociedad.(Mabel)[6]


[1] Cifras del Órgano Administrativo Desconcentrado de Prevención y Readaptación Social, Secretaría de Seguridad Pública, 2001.

[2] 8 Consultar: Elena Azaola, y Cristina Yacamán, Las mujeres olvidadas. Un estudio de la situación actual de las cárceles de mujeres en la república mexicana, México, Comisión Nacional de Derechos Humanos-Colegio de México (Programa Interdisciplinario de Estudios de la Mujer), 1996, p. 49.

[3] El niño juega en los jardines en donde algunas prisioneras fuman mariguana. A la elaboración del carrujo o cigarro se le denomina “forjar” o “ponchar”. Esto se lleva a cabo como un pequeño ritual en donde se coloca en la mano el papel o la “sábana” y se extiende la yerba para luego enrollarse a la manera de un taco. El pequeño juega con tierra y le habla a la madre, ésta llega y observa entre la sorpresa y la angustia al niño. Éste coloca la tierra en un papel y la extiende: está ponchando us cigarro. Diario de investigación.

[4]  Por ejemplo, cuando las madres no pueden o no quieren tener a sus hijos con ellas, existe un condicionamiento por parte del DIF sobre el hecho de aceptar al niño o niña siempre y cuando se separe de la madre y no se les permita la visita. Elena Azaola, y Cristina Yacamán, Las mujeres olvidadas… op. cit., p. 251.

[5] Responsable del proyecto: Lic. Marcela A. Briseño López, Coordinadora del Programa Nacional de Capacitación Penitenciaria de la Secretaría de Gobernación Participantes: Lic. Eduardo Michan Escobar, Lic. David Cervantes González, Lic. Ana Guadalupe Nájera Torres, Lic. Miguel Ángel Miranda Urrutia, T.S. Laura Saucedo Saucedo y Lic. Cristina Meza Chávez

[6] Testimonios de internos que así se autodenominan, recopilados por “Mabel”, asesora jurídica voluntaria.

Autor: Dra. María de los Ángeles Martínez Tinajero
Licenciado en Derecho por el Instituto Universitario Interamericano. Cédula Profesional: 09578355
Maestría en Amparo por la Universidad del Distrito Federal UDF. Cédula Profesional: 11514307
Doctorado en Derecho y Ciencias Jurídicas por la Universidad del Distrito Federal UDF. Reg. Constancia 19-1/1075/19 (Grado en trámite)
Posdoctorado en Derecho y Ciencias Jurídicas por la Universidad del Distrito Federal UDF. Oficio Número UDF-SM/DA-l/0130/19

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